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Una aproximación del marketing a la espiritualidad

El marketing y la espiritualidad tienen más en común de lo que parece. Hoy en día el marketing es algo imprescindible para las empresas pero también está floreciendo la espiritualidad como respuesta al cambio constante de la sociedad, sobre todo alineado con la tecnología, y a la situación de crisis, ya sea de valores, económica, política, sanitaria o social.

¿Qué tiene que ver el marketing con la espiritualidad? Antes de explicar mis argumentos, tengo que admitir que he quedado bastante impresionada al ver los primeros resultados que aparecían si buscaba ‘marketing espiritual’ en Internet. Con sinceridad, no sabía que ya existía este término y nada de lo que he visto y leído me ha convencido. No voy a hablar de ‘marketing espiritual’ porque creo que no existe tal cosa. Creo que ‘marketing’ es ‘marketing’. Y la espiritualidad es una cualidad que puede o no acompañarlo.

Agnóstico, creyente, místico, practicante, religioso, ateo… La espiritualidad no implica pertenecer a una religión, sino pertenecerse a uno mismo. Es cultivar el espíritu siguiendo una ideología y un estilo de vida en particular para buscar un equilibrio y bienestar entre cuerpo, mente y espíritu. Hay muchas formas de hacerlo, pero normalmente creo que hay algunos puntos en común, tanto para la espiritualidad laica como religiosa:

  • Fomentar el amor, el perdón, la gratitud, el respeto y la no violencia
  • Vivir el momento presente
  • La búsqueda personal y la trascendencia del propio ser
  • La conciencia social y el respeto por los demás y por el entorno
  • Fomentar hábitos de vida saludables
  • Evitar hábitos y pensamientos dañinos

Mientras la espiritualidad se ocupa del espíritu, el marketing se ocupa de lo material. Sí, lo confieso, tienen cosas en común pero, a priori, ‘materia’ y ‘espíritu’ son dos conceptos totalmente opuestos y así lo subrayan muchas corrientes filosóficas. Es un debate parecido al de la mezcla entre ciencia y espiritualidad, que tiene sus partidarios y detractores.

El marketing es una metodología que se encarga de identificar necesidades o deseos en la sociedad para producir e intercambiar bienes y servicios. Formula estrategias para cubrir una demanda (o crearla) y para alcanzar unos objetivos comerciales de forma constante. Estas estrategias se definen en función de las cuatro ‘P’ del marketing mix:

  • Producto o servicio
  • Precio
  • Distribución (place, en inglés)
  • Promoción y comunicación

Más adelante se formularon las siete ‘P’ añadiendo:

  • Personal (de la empresa)
  • Procesos (determinados por la logística de la empresa para reducir costes y aumentar las ganancias)
  • Evidencia física, presentación del producto o entorno del servicio (physical evidence, en inglés)
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Fuente: Wikimedia Commons

El sector espiritual tiende a rechazar el marketing por prejuicios, pues se vincula con un sistema capitalista y otros conceptos como globalización, privatización o explotación. Todo esto forma parte de nuestro mundo a pesar de que algunas veces implica una ética dudosa. Sin embargo, la mercadotecnia o el marketing no tiene un valor positivo o negativo por sí solo, simplemente es una filosofía para poder comprar y vender algo. Si me pusiera dramática, podría explicarlo con una metáfora del marketing como herramienta dual para hacer el bien o el mal. Pero no lo haré porque los conceptos del ‘bien’ y del ‘mal’ siempre son subjetivos y relativos, un discurso sobre esto daría para escribir un libro.

Además, el marketing no solo es un recurso de las grandes compañías, sino de cualquier empresa, mediana o pequeña, desde una tienda local como una jardinería hasta un autónomo que ejerce como fisioterapeuta (que necesita pacientes, es decir, clientes, es decir, personas, para poder comer a final de mes, pagar los recibos de la luz, la escuela de las niñas, las clases de yoga, etc.). Al final se trata de ofrecer algo de valor, que aporta unos beneficios y una satisfacción por los que las personas están dispuestas a pagar.

Sí compro el concepto llamado ‘marketing responsable’ o ‘marketing consciente’ cuando tiene enfoques como estos:

  • Se orienta a la responsabilidad social o fomenta iniciativas sociales, culturales, medioambientales, etc.
  • Se desarrolla con prácticas honestas y transparentes.
  • El producto o el servicio no es una boñiga o una patraña, sino algo de calidad, de valor. A mi modo de ver, si no hay algo bueno que vender, tampoco hay un ‘buen marketing’.

Pero no nos engañemos, siempre existe el enfoque empresarial para que el proyecto sea sostenible.

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Ilustración del diseñador gráfico Alberto Montt

Entonces, ¿por qué digo que el marketing y la espiritualidad tienen algo parecido?

Pues porque tanto un ejecutivo como un terapeuta comparten la habilidad o el don de la comunicación. Pero, en su defecto, ambos pueden caer en el arte de la manipulación. Es importante hacer un paréntesis para diferenciar ‘manipulación’ de ‘persuasión’: la persuasión trata de convencer a alguien sobre algo, la manipulación es adulterar la realidad. Mientras el primero se sirve de los dotes de persuasión como argumentar y demostrar, el segundo se sirve de modificar la percepción de las personas y controlar su pensamiento y comportamiento.

Siete son los pecados capitales: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Para el arquetipo de un terapeuta o de un profesor de yoga, por ejemplo, la soberbia, el conocido ‘ego espiritual’, sería el que más se acerca a su kriptonita. Tanto una empresa como un terapeuta tienen una función y un deber en la sociedad, las malas prácticas causan un impacto negativo en ésta. Y se agrava en la figura de un maestro o de un terapeuta, porque tienen la ventaja de ser admirados y de estar enfrente de alumnos abiertos a sus enseñanzas o de personas con un problema de salud, respectivamente, lo que las hace más vulnerables y más susceptibles a la manipulación.

No quiero continuar con el texto sin antes mencionar una reflexión: ¿cómo se puede juzgar sin haber experimentado?. Me sorprenden las posiciones críticas sobre algo cuando provienen de personas que solo han leído un estudio, un libro o escuchado a un experto, aunque éste relatara su propia vivencia. En cambio, muchos no han comprobado la teoría que defienden. ¿Por qué la defienden entonces? Porque encaja en sus creencias, en su visión de cómo deberían ser las cosas. Otras personas, sin embargo, son críticas porque han tenido una experiencia negativa. Sabemos que la misma fórmula no nos funciona a todos por igual y que una sola vez no determina que algo sea bueno o malo para siempre pero, al menos, opinan desde una base teórica y práctica. Tanto si estigmatizas las palabras tipo coaching, mindfulness, yoga, actitud positiva, zona de confort… como si estigmatizas las palabras tipo triunfar, clientes, riqueza, asalariado, negocio… déjate de tonterías porque todos estamos en una secta. Yo estoy en muchas, por ejemplo, la secta de ‘#catlovers’ de Instagram. 😀

Sigo con el tema de la soberbia. Para no caer en ella, lo que hace falta es humildad. Si te entregas a tus tareas con humildad, no puedes caer en la pretensión o el egoísmo, o en la manipulación. No obstante, existe una mala interpretación de humildad, un término que me gusta mucho llamado ‘falsa humildad’ o ‘falsa modestia’. Casi que se peca más de esto que no de soberbia, y admito que seguramente me ha pasado a mí. Es una actitud que proviene del orgullo, como la soberbia, pero sin quererlo aparentar, es sutil.

Hay otro origen controvertido de la ‘falsa humildad’ además del orgullo. A menudo observo que muchos de los diálogos en contra del éxito, la fama y la riqueza esconden una emoción más secreta, el miedo. En realidad, algunos que se postulan en contra del sistema, que conciben el dinero como algo negativo, sucio o que corrompe, simplemente tienen miedo a brillar. Aunque algunos saben que son un diamante en bruto, que tienen algo que ofrecer, tienen miedo de no estar a la altura, miedo a sobresalir, miedo al criterio de los demás… Ocurre incluso de forma inconsciente por creencias limitantes. Ponen fronteras y muros a su potencial y a sus necesidades de autorrealización. Caen en lo que se conoce como el Complejo de Jonás, acuñado por el psicólogo Abraham Maslow. Para transformar estas creencias, el coaching opta por enfocarse en las creencias potenciadoras, por ejemplo. Si no, la apología desmesurada de la virtud de la humildad se convierte en algo falso y un elogio a la pequeñez y a la pobreza.

Hace tiempo oí por primera vez esta frase: ‘ayudar a los demás ayudándote a ti mismo’. Y no venía de un coach o de un yogui, sino de un profesor de marketing. Esta afirmación llega a nuestros días después de una herencia de conocimientos ancestrales. Ramana Maharshi, maestro espiritual hinduista de la India, decía ‘si quieres ayudar al mundo, ayúdate a ti mismo’. Mahatma Gandhi decía ‘sé el cambio que quieres ver en el mundo’. Yogi Bhajan decía ‘en el momento en que tú te valoras a ti mismo, el mundo entero te valora a ti’. Estas citas dan a entender que todo empieza por uno mismo. Seguro que encontraríamos más frases de personalidades con un mensaje parecido, como este más reciente de Deepak Chopra: ‘la manera más fácil de obtener lo que quieres es ayudando a otros a obtener lo que quieren’. Se puede extraer otra conclusión: el aprendizaje del intercambio, de dar y de recibir. El marketing es necesario para que puedas dar y recibir, amplía tu campo de influencia y te permite llegar a más personas. Si tu intención es íntegra, no tiene sentido aferrarte a los prejuicios alrededor de algo como el marketing, al contrario, es algo que permite hacer las paces con lo material y transformar tu proyecto en algo próspero. Si el marketing ya está dentro de tu modus vivendi, tampoco descartes la vía metafísica del desarrollo espiritual como algo raro, extravagante o friki.

¿Sigues pensando que el marketing y la espiritualidad son incompatibles? ¡Me encantaría saber tu opinión! Estaré encantada de que me dejes tu comentario.

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